Día de carrera.

Llega el momento, la hora de la verdad. Hoy es la carrera para la que me he estado preparando, física y, sobre todo, mentalmente. Sé que puedo hacerlo, y además bien. Esos pequeños demonios que te susurran cosas desagradables al oído los tengo ya más que enterrados en un aura de pensamiento positivo que intento agrandar cada día que pasa.

El objetivo: bajar de la hora que me costó hacer los 10K de entrenamiento el Martes. Cualquier cosa que sea llegar y ver un 5 como primer número en el crono, será una gran alegría.

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¡Vamos al tema! Suena el despertador, las 7 de la mañana. La carrera comienza a las 9, e imagino que serán puntuales. No hace falta comentar una vez más mi total desconocimiento del mundillo. Por si acaso quiero ir con tiempo.

Mi aparato digestivo está, como siempre, dando la nota, pero pretendo ignorarlo completamente. Hoy nada va a poder pararme. Decido no desayunar, para evitar darle la ocasión de crearme más problemas. Ayer cené bastante bien, con eso bastará.

Anoche ya coloqué el dorsal en la camiseta, y lo dejé todo preparado. Me visto y preparo la mochila. Son las 8, hora de marchar. Supongo que el tema de aparcar no va a estar fácil, pero confío en conocer la zona bastante mejor que mucha gente que vendrá de fuera.

Aún así, unas cuantas vueltas me toca dar hasta que localizo un sitio. Por todas partes se ve gente preparándose para la carrera. Me dejo la ropa de correr, me pongo las zapatillas y camino hacia la salida. No está lejos, apenas unos cientos de metros. Veo gente que corre, van calentando ya. Yo les imito, así llegaré antes a la salida, aunque lo que importa es llegar a meta.

Ya veo los arcos de salida, el del Maratón a la izquierda, y la 10K a la derecha. Me pongo en la parte trasera y me fijo en lo que la gente hace. Corren, estiran, calientan los músculos… pues yo igual. Con el tiempo ya me crearé una rutina como tenía cuando iba a las carreras ciclistas. De momento habrá que ir probando e improvisando. Talones arriba… rodillas arriba… dando saltitos… carrerita arriba y abajo. Ya vale, que me voy a quemar de tanto calentar.

He hablado con algunos amigos y conocidos que van a hacer la Maratón, así que me acerco por la zona de su salida a ver si les veo. Uff, hay muchísima gente, y además yo estoy bastante nervioso, no consigo ver a nadie. Son las 8’42, y el speaker está recomendando que nos vayamos acercando a la salida. Pues yo no me voy a hacer de rogar.

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Hay unas cintas que separan distintos espacios, y la gente está entrando. Una vez más, imito lo que veo hacer, y entro en el espacio de la parte trasera. Supongo que es el de los que vamos más despacio. Aunque bien visto, quizá ese era quedarse detrás de la última cinta, porque aquí estoy bastante cerca del arco. Bueno, da igual, se me han colocado lo menos 100 personas detrás, ahora ya me quedo aquí.

8’55 y suena música de guerreros espartanos, esto está que arde. La sangre me corre a toda velocidad por el cuerpo. Tengo claro que no puedo salir a todo meter, que debo coger mi ritmo desde el principio. Pero claro, es que con esta música cualquiera se contiene… jajaja.

¡¡Salida!! Allá voy, rodeado de miles de personas, bajando por la Avenida Morella a toda velocidad. Comienza a funcionar el chip… “no te pases de vueltas”, “guarda energías”. Antes de girar a la izquierda a la altura de El Corte Inglés ya me ha pasado un montón de gente. No pasa nada, yo tengo mi ritmo.

Mira, ahí va mi amiga Begoña. Aquí todavía soy capaz de saludarla. Parece que lleva un ritmo, con sus compañeros de equipo, que puede ser bueno para mí. Me obliga un poquito pero sin quemarme.

Como quien no quiere la cosa, ya llevamos 3 kilómetros. Estamos bajando por la calle Gobernador. Miro mi cronómetro, multiplicando 3X6 para saber el tiempo que reflejaría de ir a 6 minutos el kilómetro (lo he probado, y no soy capaz de dividir según voy corriendo ahora… jajaja). Con 18 minutos estaría justito en el tiempo de hacer una hora. El reloj marca algo más de 16… esto marcha bien.

Casi llegando al 4 nuestros compañeros del Maratón se separan de nosotros, girando a la derecha por Orfebres Santalínea. No se puede expresar fácilmente la admiración que siento por ellos. Ha sido más que un honor acompañarles durante el principio de su gran batalla.

Ya se ve al fondo el final de la Avenida Casalduch, avituallamiento y kilómetro 5, mitad de carrera. Antes paso por donde están mis padres esperando a verme pasar, las únicas personas que van a hacerlo, claro. Mis amistades actuales no son muy fans del running, ni de levantarse los Domingos a las 9 de la mañana, como no lo era yo hasta hace poco.

Cojo una botella de agua en el avituallamiento, y no sé realmente para qué. Apenas soy capaz de mojarme los labios un par de veces y me deshago de ella. Sólo me ha servido para perder el ritmo y descolgarme un poco del grupo en el que iba, y no creo que vaya a ser capaz de recuperar terreno. No me siento agotado, pero tampoco muy sobrado de fuerzas.

Comenzamos la subida por la Avenida Valencia, y al otro lado de la mediana se ve un montón de gente que está terminando el tramo y afrontando los últimos giros.  A mitad de la avenida coinciden los kilómetros 6 y 7, uno a cada lado. Este es el tramo que, curiosamente, se me hace más corto. En un momento estoy subiendo, y al siguiente estoy bajando.

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Vistazo al crono… 7X6 = 42… apenas llegan a 39 los minutos que observo. Lo tengo al alcance de la mano, pero si el anterior kilómetro se me ha hecho corto, este está pareciendo no acabar nunca. Acaba la Avenida Valencia y giramos hacia Pascual Asensio. No me había dado cuenta nunca, pero esta calle lleva una leve pendiente que me está deshaciendo las piernas por momentos.

Giramos, kilómetro 8… quedan 2 kilómetros de recta, remontando la Gran Vía hasta el Parque Ribalta, y un zig-zag antes de ver el arco de la meta.

Ahora sí que empiezo a ir realmente fundido. Empieza a pasarme bastante gente, aunque hay otros también que se quedan atrás, incluso algunos que se paran con claros signos de calambres.

Allá está el 9… un rápido vistazo al crono… 6X9 = 54… algo más de 51 minutos.. esto ya no se me escapa.

Ya está ahí Ribalta. Curva a la derecha, y rápidamente a la izquierda. La gente me pasa a toda velocidad, pero da igual. Acelero lo que soy capaz, que es más bien poco, al girar esa última curva. Ahí está la meta. Oigo al speaker que anima, pero parece estar muy lejos.

Cruzo la línea de llegada, sobre la alfombra con el control del chip, y oigo como este emite el correspondiente pitido. Paro el crono… 55 minutos y 34 segundos.

Si he de ser sincero, casi no me acuerdo de lo que sucedió desde esa última curva hasta que estaba en el avituallamiento de meta con medio plátano y un Powerade en la mano. Recuerdo la alegría de haber conseguido un crono realmente mucho mejor del que esperaba… quedarme mirando esos 55’34” un rato recreándome en el esfuerzo recién concluido. Creo recordar también cruzarme con Begoña, que llegó un minuto antes que yo, y saludarla. Poca cosa más.

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Ha terminado el dulce sufrimiento, y empieza la dulce recuperación. Si uno tiene la suerte de contar con un amigo masajista que le espera en meta, y además tiene un centro muy cercano a dicho lugar, donde ducharse y recibir estiramientos y masaje… estamos hablando ya de un perfecto final.

Hay momentos en la vida para recordar. Sin duda el Domingo 6 de Diciembre de 2015 va a ser uno de ellos.

Es sólo el principio, hay mucho más por venir. ¡Hasta pronto!.

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